domingo, 13 de abril de 2008

Re-"cuerdos" (demasiadas dudas si publicar o no...)

Siento tu respiración en mi oído
La siento como aquel día en que nos amamos
Cuando tu piel era como la seda,
Como la espuma del mar.

Tu piel nunca cambió.
Todo varió,
El sueño, la distancia.
Pasaron los siglos de la angustia y del temor
Y tu piel siguió siendo de niña.

Eso fue lo que me enamoró:
El roce lejano, la sensación única,
El tacto llevado a lo sublime.
Tus labios como dos frutos
Mojados en los míos.

Ahora vivo rodeado
Por el lejano espacio de tu silencio
Te busco en mis sueños, en mis horas
En los rincones de tu olor
Que dejaste atrás y no viniste a recoger.

Tus ojos se desvanecen,
Como el día se funde con el anochecer.

Y escucho aquellos pájaros que nos gustaba seguir con la mirada
Y en esos recuerdos difusos
Persiste tu cara infantil
Y las sonrisas melancólicas que se escapaban
Entre tus mejillas.

Escudriño el aire a mi alrededor
Y aún logro rescatar del olvido
La sensación de tu blanco cuello,
De mis dientes clavándose en tu carne
Bebiendo el más intenso de los sabores.

El placer era infinito
Pero el amor no lo era todo;
Había más escondites en mi mente
Que ahora está vacía.

Cada sensación, cada instante
Está grabado a fuego en mí.
No olvido lo malo y saboreo lo bueno
Porque fuiste, eres, serás,
La impaciente espera que libera mi alma día a día.

Este amor, que ahora está hecho
En base a instantes de humo,
Carcome los cimientos
De lo que creí eran mis verdades.

Mi ansiedad más profunda se va contigo
Y se queda el suspiro, el beso, la lágrima, el sudor
Como notas de una melodía inconclusa
Eterna y fugaz a la vez.

(Fotografía: Venus de Milo. Museo de Louvre, Paris, Francia. Junio de 2006)

martes, 8 de abril de 2008

Templanza de Espíritu


"Por qué tiene que ser fácil, si lo podemos hacer difícil...", decía alguien que conocí por ahí. Si la VIDA podría ser mucho más grata, con menos sufrimientos, con más esperanzas, con más alegrías. Pero qué masoquistas que somos. "Buscándole la quinta pata al gato" y, lo peor de todo, enontrándola. Durante estos días tuve un encuentro de aquellos que uno debiera evitar, pero que a uno le gusta vivir.
Debo decir que fue una semana difícil, pero extraordinaria a la vez. Comencé a estudiar, lo que claramente es también una manera de hacer terapia y de sanar; me reencontré con un espacio que había perdido hace mucho tiempo, y que sin saberlo extrañaba mucho. En cierto modo lo ansiaba. Está lleno de recuerdos, de presencias marcadoras en mi vida, de alegrías y satisfacciones enormes, pero también de dolores profundos (tal vez como todo lo que hace sentido en la vida).
Empecé esa vieja nueva vida de la que hablaba anteriormente y me gusta, me gusta así, vieja y nueva a la vez, llena de desafíos, de metas, de logros, de realizaciones, de sueños...
Cuál es el problema entonces. Que mi naturaleza humana siempre pide más. Soy un convencido de que se debe mirar la mitad llena del vaso, pero tengo esa tendencia a esperar otras cosas que no están y que particularmente ahora, siento que me hacen mucha falta.
Se echa de menos esa presencia que a veces me ahogaba, pero que ahora probablemente estaría muy orgullosa a mi lado.
Hay que tener Templanza de Espíritu, así con mayúsculas, para agradecer por lo bueno y no quedarse pegado en el dolor. El reencuentro, escaso pero intenso. No pido más. Ahora a seguir avanzando en ser feliz y agradecido por lo que se tiene, pero sin dejar de pedir para llenar esa otra mitad del vaso que tan importante es (pese a que es tal mi felicidad por estos días, que ahora comprendo que es un poquito menos de la mitad...).
Templanza de Espíritu y paciencia, dos virtudes que hoy no se tienden a practicar mucho. Paciencia como la que tuve para soportar las 16 horas de viaje en moto desde Tal-Tal a Santiago aquel Noviembre caótico. Paciencia como la que tuve que tener para esperar 5 años para volver a estudiar. Paciencia, Paciencia y Templanza de Espíritu.

(Fotografía: Yo cruzando el mítico Paso de Cebra de Abbey Road, frente a los estudios del mismo nombre. Londres, Junio 2006)

domingo, 30 de marzo de 2008

Partir de cero una vez más

Qué dificil es tomar decisiones dolorosas. Tener que decidir si parar o avanzar. Si quedarse o partir.
Pareciera ser fácil decidir, pero cuanto nos cuesta, en especial cuando uno sabe que partir implica dejar cosas y personas a las que se ama. Lugares, recuerdos, sensaciones, vivencias. Pero muchas veces es necesario decidir y cambiar de rumbo para empezar de cero y poder crecer.

Recuerdo que cuando era chico, 10 años tal vez, sufría de dolores musculares en las piernas. No era nada terrible, pero dolía, molestaba, incomodaba. Con el tiempo entendí que eran dolores de crecimiento. Mis huesos día a día se alargaban y mis músculos, en un afán de seguirlos, se estiraban y dolían.

Crecer duele. Y lo más paradójico es que para crecer, muchas veces se deben tomar decisiones dolorosas.

Yo tuve que tomarlas. Volver a mi Santiago, al smog, a los atochamientos, al ruido. Pero era necesario para poder avanzar en mi camino. Volver a la Universidad y estudiar para especializarme y cerrar ese círculo pendiente que había dejado abierto hace cinco años. De todos modos iba a volver, el tema es lo duro que fue volver en condiciones que yo no esperaba. Pero volver al fin y al cabo. Y no volver para querer recuperar algún tiempo perdido, no volver para dar pasos hacia atrás. Volver para partir de nuevo y seguir avanzando en mi vida, en mi crecimiento personal; volver para sanar y para buscar mi propia sanación.

Tengo sensaciones encontradas, tengo miedos y certezas absolutas, siento dolor, pero por otro lado esperanza y alivio. Volver a mi Santiago, a esta ciudad que conozco tan bien como a mi adoptiva Antofagasta. Creía que sólo acá era yo. Ahora sé que puedo serlo en cualquier parte; pero estoy cierto que en Santiago está mi familia y muchos amigos que me reconfortan. Acá me siento un poco hijo de nuevo, acogido por mis padres, apoyado por mi hermano, con una caricia cercana cuando lo necesite, para que el dolor de haber partido se vaya aplacando suavemente.

Vuelvo a ti, Santiago, a mis calles, a mis plazas, a esas que me vieron crecer mientras jugaba y corría detrás de una pelota. Vuelvo a esos rincones que me descubrieron cuando di mi primer beso, cuando la conocí, cuando tomé mi primera foto y cuando escribí mi primer párrafo.
Ahora a partir de cero, aunque nunca es de cero realmente; no me estoy "reseteando", simplemente estoy "cambiando de sesión".
Mañana es el primer día. Mañana vuelvo a estudiar y a entrar a esa Universidad tal como lo hice hace 12 años. Mañana es el primer día de mi nueva vieja vida. Hasta mañana entonces.
(Fotografía: Estatuas frente al Cementerio General de Santiago, cerca de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Tomada de http://www.santiagodechiledailyphoto.blogspot.com/
de mi buen amigo Eduardo Labbé)

sábado, 22 de marzo de 2008

Antofagasta


Antofagasta es una ciudad - puerto ubicada a 1350 km al norte de Santiago. Tiene la Gran gracia de estar justo en el Trópico de Capricornio, por lo que el día del solsticio de Verano, al medio día, los objetos (y las personas) no proyectan sombra.


Antofagasta llegó a mi vida de casualidad, como supongo que llegan la mayoría de las historias. De esta ciudad, sólo tenía referencias. Claro, que quedaba, al norte, que tenía un "monumento natural" llamado La Portada y que queda "cerca" de San Pedro de Atacama y cerca de Chuquicamata (la mina a tajo abierto más grande del mundo).


No mucho más. Hasta que llegó "ella" la antofagastina y me convenció de irme para allá. Cuántas historias felices en esa ciudad, cuantas anécdotas que ahora cuanto con cierto dejo de nostalgia por días que pasaron y que aún no logro reconocer si fueron mejores o no.


Lo cierto es que, de alguna manera, me enamoré de Antofagasta. Con su urbanismo inexistente, con sus calles de tierra o llenas de hoyos, con esa costanera interminable en la cual no existen playas... Sólo rocas que se abren al más Pacífico de los mares. Con esos acantilados ubicados al norte de la ciudad y que por cierto son un espectáculo sobrecogedor, en especial al atardecer. Con esos cerros desnudos y con el desierto que te recuerda la infinita inmensidad de la cual estamos rodeados y lo pequeños que somos en un mundo que parece no tener límites.


Estar una tarde al sol, en medio del desierto, desierto de verdad, donde no hay vida, salvo los jotes (buitres) que merodean y escudriñan desde los cielos, buscando los restos de una vida que ya no es. Eso es soledad. Que nadie venga con cuentos. Esa sensación de sentirse nada más que otro grano de arena, u otro peñasco en medio del paisaje más yermo y árido que existe en este planeta... Desolación. La más profunda y conmovedora desolación, que te cala hasta los huesos, que hace que se te ericen todos y cada uno de los pelos del cuerpo.


No sé si se puede sentir más soledad que en aquella circunstancia. El desierto es agorafóbico, y a la vez magnético, es una máquina del tiempo. Pensar que esa tierra, esos cursos de agua secos por la ausencia total de lluvias, estuvieron ahí cientos, miles de millones de años antes que yo. Que tal vez por esos suelos inertes, caminaron formas de vida que ni siquiera estan registradas en los libros, que cada grano de sal puede contarte historias que jamás podrías imaginar.


Debe ser horrible perderse en ese paisaje. Por suerte yo siempre viajaba acompañado (guiado) por mi moto, que me esperaba paciente a que yo me alejara de ella para sumergirme en esa sensación de ensimismamiento que tanto y tan morbósamente me atrae. Tal vez es como sentir la muerte cerca de uno, sabiendo que a 500 metros está el vehículo que te puede sacar de ahí.


Incomparable sensación aquella de internarse por los cerros vacíos de cualquier rastro de lo que conocemos por vida y llegar a una cima y ver cómo se abre ante mis ojos un mar infinito, tan infinito como el desierto que tengo a mis espaldas...


Ahora, Antofagasta, te dejo. Con tu Parque Brasil, ese oasis para enamorados y para los temerosos de la inmensidad de la estepa. Con tu balneario, que me regalo tantas puestas de sol junto a la antofagastina. Te dejo con tus edificios antiguos llenos de una historia que jamás logré conocer, pero que es tan antigua como las luchas por el salitre en esta parte del mundo. Te dejo con ese "padre" que me adoptó y al cual extraño tanto. Con tu estadio que me permitió estar cerca de aquel ídolo de juventud. Te la dejo, a la antofagastina, con todos mis recuerdos, para que la hagas feliz. Te dejo con las lecciones de piano que me abrieron los ojos y que dejé al poco andar. Te dejo con mi "bagaje profesional" que me ayudo tanto a crecer y espero haya contribuido en algo a hacer de esta ciudad un poco mejor.


Te dejo también, mis dudas y temores, para que la luz del sol, esa extraña luz que no da sombras, los purifiquen y que la camanchaca húmeda y salobre los lave, los oxide y alguna vez sse conviertan en certezas.


Te dejo con la esperanza de algún día volver para rescatar ese par de zapatos y esa bicibleta que extravié en medio del desierto. Te dejo porque ahora es necesario, te dejo porque te quiero y me quiero y quiero reencontrarme con tu mar cuando esté más grande y más preparado para bañarme en las cálidas aguas de la noche antofagastina.


(Fotografía: La Portada de Antofagasta y sus acantilados).

viernes, 21 de marzo de 2008

Para hoy, inspiración poética

Dolor, dueles,
Amargo, gris, humeante.
Laceras mi piel,
Mis entrañas, mis recuerdos y mi mente.

Como nota infinita
De una canción triste que no acaba,
Te empeñas en seguir
Enquistado en la médula
De mis momentos.

Vete por un segundo
Déjame respirar, correr,
Reír y hasta odiar,
Pero aléjate ya
Aunque sea sólo un instante.














Para poder sentir
Nuevamente mi esencia;
Para creer
que puedo volver a volar.

Vete y corre rápido
Como caballo salvaje
Que galopa sin rumbo,
Que se disipa con la
Brisa cálida del verano
Que también se va.

Dolor, dueles
Dueles como el calor intenso
Como el frío blanco
De la nieve.

Y si sigues
Empeñado en no salir,
Enséñame a sentirte
Sereno, fluyendo como manantial,
Como hoja de álamo
Agitada por el viento.

Dolor, si insistes
Acompáñame, pero no
Me apuñales por la espalda
Muéstrame tus fauces
Llenas de las almas
De otros que sintieron
También tu llegada.

Y así comprenderte y
Escucharte cuando me susurras
Al oído aquellas cosas
Que jamás quise oír.

(Fotografía: Orfanato en la ciudad de Puerto Principe, Haití. Julio de 2007)

martes, 18 de marzo de 2008

Juan Andrés Oyanedel...

El atardecer de un día jueves... Iba yo en mi moto (una Honda XR - 125L), con mi buena amiga Canela, subiendo por Av. Francisco Bilbao. Le iba haciendo bromas mientras manejaba (tal vez algo arriesgado si consideramos que manejaba una motocicleta). Fue entonces cuando ella me retó, porque obvio, era arriesgado jugar manejando la moto (insisto). En ese mismo instante, en la esquina de Amapolas con Bilbao y al detenernos en la luz roja, del auto que estaba justo al lado, se baja el vidrio del conductor y éste asoma su cabeza. Yo creí que para insultarme, como suele pasar en esta ciudad y en este país tan extremadamente agresivo. Para mi sorpresa y la de Canela, fue para decirnos... "Chicos, no discutan, no vale la pena. El amor es más Fuerte... Dios nos da todo por añadidura...". Y nosotros ¡PLOP! cual Condorito. Dieron la luz verde. Avanzamos al siguiente semáforo (Tobalaba con Bilbao) y comenzó a contarnos brevemente algo de su historia. Su nombre, Juan Andrés Oyanedel, trabaja en un nuevo Mall que se está construyendo y cuando joven tuvo una Honda XR - 250 y discutía con su polola (actual señora) cuando viajaban en la moto. Con una gran sonrisa en el rostro se despidió, me dijo que lo fuera a ver a su trabajo, me recomendó comprarme un auto... Y cuando aceleró para avanzar... Casi choca contra un perico que se saltó la luz roja. Chambonada, como las mías supongo.
A donde quiero llegar con esta anécdota. A la buena onda, al respeto, a la alegría que puede generar el saludo, la sonrisa y las buenas intenciones de un perfecto desconocido. A lo mucho que nos hace falta saludarnos con extraños cuando nos encontramos con ellos a boca de jarro (por ejemplo en un ascensor). A lo exquisito que es mirarse a los ojos, para descubrir que el "otro" tiene cosas que contarnos. Reitero el tema del respeto con el resto de la gente, dejar pasar en un paso peatonal, no tocar la bocina, no tirar papeles al suelo, no rayar las paredes y así un centenar de condutas ciudadanas y "civilizadas" que tanto nos hace falta a los chilenos y a los Santiaguinos particularmente. En una época plagada de mentiras, de sobornos, de corrupción en todo orden, de robos encubiertos por el uso y abuso de la autoridad, que bueno sería una dosis diaria de 25 mg de Respeto y 100 mg de Sonrisas. Algo así como reinstaurar la campaña de la Vida Buena, esa del Pollito y el Ogro con el dedo pulgar levantado.


"Sonría, lo estamos grabando..."
(Fotografía: Mi moto frente a la Mano del Desierto de Irarrázabal, ubicada a 75 km al sur de Antofagasta, inaugurada en Marzo de 1992 y actualmente toda rayada).

jueves, 13 de marzo de 2008

Mujeres

El primer contacto con la vida es a través de una mujer. Viví, como todos, nueve meses en el vientre de mi madre, crecí en ella, comencé a experimentar sensaciones, olores, sabores, sonidos a través de ella. Qué maravilloso vivir dentro de esa cúpula tibia y segura, que filtraba por mí, aquellos estímulos que podían ser nocivos.
Supongo que en algún rincón de mi mente llevo grabado el instante exacto de apego, de contacto piel a piel con el pecho de mi mamá, luego del trauma del nacimiento. Volver a sentir su olor, su calor, la suavidad de su piel pegada a mi rostro.
Crecemos con una mujer al lado, la más hermosa, que te defiende, te cuida, te protege, que te acaricia y te ama. Y todo eso gratis.
Pasa el tiempo y llega aquella bendita etapa llamada adolescencia. No sé si a todo el mundo le pase, pero al menos yo me alejé de mi mamá. Y aparecieron otras mujeres y comenzó algo que jamás había experimentado. Sentir que el corazón se te acelera, que tienes mariposas en el estómago o que tienes un nudo en la garganta. Y todo eso por una mujer, a la que probablemente ni siquiera te atrevías a decirle una palabra.
Cuantas horas felices, cuantos sueños, cuantas esperanzas, cuantos nombres de futuros hijos ideamos juntos con ella, con ellas. Que difícil amar a una mujer en esta sociedad machista. Saber que por ella podrías hacer cualquier cosa y soportar los constantes embates de tus amigos que quieren quitarte esa sensación porque somos "machos". Y también cuantas lágrimas no tuvimos que derramar por un desamor.
Creo ser un bendecido. Las mujeres importantes en mi vida son grandes mujeres. Que valientes para soportar el dolor, la discriminación, las angustias, la maternidad, el matrimonio, la muerte. Las admiro a cada una de ellas, en especial a mis madres (mi mamá y mi tía). Que cojones hay que tener para ser mujer, para entender que ese dolor insoportable está ligado a dar vida, para soportar cada una de las pruebas que día a día aparecen, el trabajo de llegar al trabajo y ser profesional y el trabajo de volver a casa a seguir siendo madre, esposa, amiga, confidente, amante, apoyo y pilar de la vida de todos quienes estamos a su alrededor.
Qué bendición más grande la de regalar vida.
Un pequeño homenaje a todas las mujeres que he querido, a esa que inspiró este blog tal vez sin saberlo, a las que he olvidado con el pasar de los años, a las que ya no están pero que recuerdo con alegría en el corazón. A las que me han querido como amigo, hijo, hombre y han dejado huella en mi vida.

Gracias por ser infinitamente mujeres.
(Fotografía: Madre e hijo. Gustav Klimt; Día Internacional de la Mujer, 8 de Marzo).