
Antofagasta es una ciudad - puerto ubicada a 1350 km al norte de Santiago. Tiene la Gran gracia de estar justo en el Trópico de Capricornio, por lo que el día del solsticio de Verano, al medio día, los objetos (y las personas) no proyectan sombra.
Antofagasta llegó a mi vida de casualidad, como supongo que llegan la mayoría de las historias. De esta ciudad, sólo tenía referencias. Claro, que quedaba, al norte, que tenía un "monumento natural" llamado La Portada y que queda "cerca" de San Pedro de Atacama y cerca de Chuquicamata (la mina a tajo abierto más grande del mundo).
No mucho más. Hasta que llegó "ella" la antofagastina y me convenció de irme para allá. Cuántas historias felices en esa ciudad, cuantas anécdotas que ahora cuanto con cierto dejo de nostalgia por días que pasaron y que aún no logro reconocer si fueron mejores o no.
Lo cierto es que, de alguna manera, me enamoré de Antofagasta. Con su urbanismo inexistente, con sus calles de tierra o llenas de hoyos, con esa costanera interminable en la cual no existen playas... Sólo rocas que se abren al más Pacífico de los mares. Con esos acantilados ubicados al norte de la ciudad y que por cierto son un espectáculo sobrecogedor, en especial al atardecer. Con esos cerros desnudos y con el desierto que te recuerda la infinita inmensidad de la cual estamos rodeados y lo pequeños que somos en un mundo que parece no tener límites.
Estar una tarde al sol, en medio del desierto, desierto de verdad, donde no hay vida, salvo los jotes (buitres) que merodean y escudriñan desde los cielos, buscando los restos de una vida que ya no es. Eso es soledad. Que nadie venga con cuentos. Esa sensación de sentirse nada más que otro grano de arena, u otro peñasco en medio del paisaje más yermo y árido que existe en este planeta... Desolación. La más profunda y conmovedora desolación, que te cala hasta los huesos, que hace que se te ericen todos y cada uno de los pelos del cuerpo.
No sé si se puede sentir más soledad que en aquella circunstancia. El desierto es agorafóbico, y a la vez magnético, es una máquina del tiempo. Pensar que esa tierra, esos cursos de agua secos por la ausencia total de lluvias, estuvieron ahí cientos, miles de millones de años antes que yo. Que tal vez por esos suelos inertes, caminaron formas de vida que ni siquiera estan registradas en los libros, que cada grano de sal puede contarte historias que jamás podrías imaginar.
Debe ser horrible perderse en ese paisaje. Por suerte yo siempre viajaba acompañado (guiado) por mi moto, que me esperaba paciente a que yo me alejara de ella para sumergirme en esa sensación de ensimismamiento que tanto y tan morbósamente me atrae. Tal vez es como sentir la muerte cerca de uno, sabiendo que a 500 metros está el vehículo que te puede sacar de ahí.
Incomparable sensación aquella de internarse por los cerros vacíos de cualquier rastro de lo que conocemos por vida y llegar a una cima y ver cómo se abre ante mis ojos un mar infinito, tan infinito como el desierto que tengo a mis espaldas...
Ahora, Antofagasta, te dejo. Con tu Parque Brasil, ese oasis para enamorados y para los temerosos de la inmensidad de la estepa. Con tu balneario, que me regalo tantas puestas de sol junto a la antofagastina. Te dejo con tus edificios antiguos llenos de una historia que jamás logré conocer, pero que es tan antigua como las luchas por el salitre en esta parte del mundo. Te dejo con ese "padre" que me adoptó y al cual extraño tanto. Con tu estadio que me permitió estar cerca de aquel ídolo de juventud. Te la dejo, a la antofagastina, con todos mis recuerdos, para que la hagas feliz. Te dejo con las lecciones de piano que me abrieron los ojos y que dejé al poco andar. Te dejo con mi "bagaje profesional" que me ayudo tanto a crecer y espero haya contribuido en algo a hacer de esta ciudad un poco mejor.
Te dejo también, mis dudas y temores, para que la luz del sol, esa extraña luz que no da sombras, los purifiquen y que la camanchaca húmeda y salobre los lave, los oxide y alguna vez sse conviertan en certezas.
Te dejo con la esperanza de algún día volver para rescatar ese par de zapatos y esa bicibleta que extravié en medio del desierto. Te dejo porque ahora es necesario, te dejo porque te quiero y me quiero y quiero reencontrarme con tu mar cuando esté más grande y más preparado para bañarme en las cálidas aguas de la noche antofagastina.
(Fotografía: La Portada de Antofagasta y sus acantilados).